¡Adiós! Lo sé. Sé perfectamente que esto es un adiós sin despedida. Sin escenas, sin abrazos, apenas un beso en la mejilla y un roce de manos. Un cruce de miradas y hasta mañana. Un hasta mañana que significa adiós. Después de tanto tiempo, ¿qué otra cosa podía esperar? ¿Acaso no es normal que quedemos mañana para ir al cine? Es lo que toca en este momento. Volver a los cines donde fuimos una vez y dijimos que teníamos que volver cuando cambiaran la cartelera. Y de esto hace ya más de un año. Por supuesto. Llevo tiempo queriendo ver esa película pero nunca encontraba el momento. Yo también, pero no encontraba con quien ir. A mí nunca me ha importado ir solo pero tú decías con desprecio que eso era demasiado triste, era tu paradigma del patetismo, tu representación del tocar fondo social ¡Pues me alegro si tú has sido capaz de encontrar compañero de butaca! Pero, si has encontrado alguien con quien beber vino de Oporto, por favor, no me lo digas. No son celos, lo hago por ti. Prefiero pensar que no coges a cualquier beodo aficionado con tal de no hacerlo sola. Eso no. ¿Es que no te he enseñado nada? Si no tienes nadie bueno para beber, bébelo tú sola. Sirve dos copas, siéntate en balcón de tu casa, ese que da a la calle del Tesoro y apura ambas con tragos cortos. Mañana a las ocho paso a buscarte. Y mañana existirá porque nuestro ayer yo lo he matado. Hoy por fin he escuchado tu invitación al concierto de un grupo que ni a ti ni a mí nos gustaba. Claro que voy, ya termino esto mañana. Pero ya no es ayer si no mañana. Ya no estás cerca de mí, no siento tu hálito húmedo hablando de tus pinceles. Háblame, habla sin parar, cuéntame lo que sólo tú sabes, lo que escondes al mundo. Desnúdate y bebamos. Perdamos el sentido juntos en cualquier rincón de mi habitación. Golpea la pared con rabia que no te preguntaré porque lo haces. Tómate otra copa conmigo y di algo inapropiado. Yo te sigo. Pero, no te vayas. No seas agradable, no me hagas sentir bien. No digas que te gusta lo último que he escrito. No hagas nada porque ya sé que te he perdido.
jueves, 27 de mayo de 2010
jueves, 16 de julio de 2009
Fuego y azufre
- Y si, después de todo, descubrieras que hay en aquel edificio una sola persona decente, ¿qué harías?
- Seguiría con lo previsto.
- Y si te encontraras con un grupo de, pongamos, diez personas merecedoras de la vida.
- Lo sentiría por ellos, pero debo hacerlo.
- Imagínate que descubres que el número de justos supera con creces al de impíos.
- El odio hacia el grupo de pecadores es más poderoso que la piedad que pueda sentir por esa mayoría silente.
- Y si el responsable de esta situación fuese una sola persona y los demás fuesen inocentes.
- No te equivoques. Aquí no hay inocentes. Todos son cómplices.
Cojo mi Ford Sierra y me dirijo a la oficina. Enciendo la radio y pongo K-Billy y “El supersonido de los setenta”. En el maletero, hay cuarenta kilos de Goma 2. La guantera está llena de cables. Subo el volumen hasta que los altavoces empiezan a vibrar. Clowns to the left of me, jokers to the right, here am I stuck in the middle with you. No siento ningún tipo de flaqueza. Por fin, llego al bloque de oficinas. Mi despacho está en la duodécima planta. Entro en el garaje y aparco el coche en la plaza reservada para el presidente. En la primera plante del parking. Sé que hoy vendrá en taxi. Apago el motor y la radio. Activo el dispositivo que ayer conecté a un Nokia. Salgo y cierro el coche con el mando a distancia. Sin volver la cabeza. Subo a la planta baja y entro en el baño. Me meto una raya de speed y salgo por la entrada principal. Me siento en una jardinera y recorro el edificio lentamente con la mirada. Me pongo los auriculares del iPod y escucho Iron Maiden. Me enciendo un cigarro y espero. Fear of the dark, fear of the dark, I have a phobia that someone’s always there.
Ya son las diez. Son todos los que están aunque no estén todos los que son. Marco el número de la tarjeta prepago que compré ayer. Un tono, dos tonos… Y una lluvia de fuego y azufre destruye toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades y el fruto de la tierra.
- Seguiría con lo previsto.
- Y si te encontraras con un grupo de, pongamos, diez personas merecedoras de la vida.
- Lo sentiría por ellos, pero debo hacerlo.
- Imagínate que descubres que el número de justos supera con creces al de impíos.
- El odio hacia el grupo de pecadores es más poderoso que la piedad que pueda sentir por esa mayoría silente.
- Y si el responsable de esta situación fuese una sola persona y los demás fuesen inocentes.
- No te equivoques. Aquí no hay inocentes. Todos son cómplices.
Cojo mi Ford Sierra y me dirijo a la oficina. Enciendo la radio y pongo K-Billy y “El supersonido de los setenta”. En el maletero, hay cuarenta kilos de Goma 2. La guantera está llena de cables. Subo el volumen hasta que los altavoces empiezan a vibrar. Clowns to the left of me, jokers to the right, here am I stuck in the middle with you. No siento ningún tipo de flaqueza. Por fin, llego al bloque de oficinas. Mi despacho está en la duodécima planta. Entro en el garaje y aparco el coche en la plaza reservada para el presidente. En la primera plante del parking. Sé que hoy vendrá en taxi. Apago el motor y la radio. Activo el dispositivo que ayer conecté a un Nokia. Salgo y cierro el coche con el mando a distancia. Sin volver la cabeza. Subo a la planta baja y entro en el baño. Me meto una raya de speed y salgo por la entrada principal. Me siento en una jardinera y recorro el edificio lentamente con la mirada. Me pongo los auriculares del iPod y escucho Iron Maiden. Me enciendo un cigarro y espero. Fear of the dark, fear of the dark, I have a phobia that someone’s always there.
Ya son las diez. Son todos los que están aunque no estén todos los que son. Marco el número de la tarjeta prepago que compré ayer. Un tono, dos tonos… Y una lluvia de fuego y azufre destruye toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades y el fruto de la tierra.
Publicado en el fanzine nº4 de Degeneración Espontánea
viernes, 12 de junio de 2009
La fiesta
Indignado. Estoy totalmente indignado con lo acontecido desde el domingo. Ya sé que estamos a jueves, pero cada año, las resacas electorales duran más y se digieren peor. Ni de lejos pasé una mala noche electoral. Hace tiempo que el escrutinio no me quita años de vida. Que me da igual. En su momento dejé de participar es las fiestas electorales y veo los toros desde la barrera. Lo analizo y lo critico como el espectáculo que es. De muy mal gusto, pero espectáculo al fin. Pero esta vez se han pasado, y mucho. No sé ni por donde empezar a disparar. Los periódicos llenan sus páginas con artículos de renombrados intelectuales criticando la campaña electoral. Sin embargo, a mí me ha parecido la más movida de los últimos tiempos. Los partidos políticos van descubriendo Internet y van perdiendo la poca vergüenza que les quedaba. Y eso me gusta. Tiene morbo y el morbo está bien. Por fin, han llevado el debate a lo personal. Con carnaza y tomate simulando sangre. Y luego tendrán valor de criticar a los tertulianos del corazón. Que si los trajes, que si la empresa de la niña, que si la moción de censura, que si la falta de liderazgo. ¿Y qué pinta en todo esto el contribuyente? Al fin y al cabo, lo bonito de la democracia es que los políticos tienen que convencernos para que les votemos. Somos sus jefes. Tendrían que hacernos un poco la pelota, unos detallitos, algún guiño o, por lo menos, que nos inviten a cenar. Nos quieren llevar a la cama sin emborracharnos primero, sin mentirnos sobre lo especiales que somos. A la mañana siguiente nos dicen que hemos estado a la altura, que hemos cumplido con nuestro deber cívico-sexual y todos esos lugares comunes del despertar en cama.
Pero, no solo los políticos son la causa de mi indignación sino el electorado. Estamos ante la peor crisis económica desde el crack de 29, el capitalismo se tambalea por culpa de unas prácticas de neoliberalismo feroz y los ricos son más ricos que nunca. Y va el obrero y vota a la derecha. ¡Increíble!
Puedo entender las victorias de la de los partidos democratacristianos de hace una década. La coyuntura económica alimentaba nuevos sueños: un piso de de 90 m2, un coche familiar, vacaciones en la playa... nuestra pequeño estado del bienestar. Y todo gracias a la política económica de un licenciado en derecho que se doctoró haciendo una tesis sobre su propia gestión (ironía). Es comprensible que la masa social votara a los conservadores: querían conservar lo que tenían. Pero hoy se ha demostrado que este sistema no funciona. Aquel espejismo ha desencadenado esta crisis. El modelo necesita algo más que un lavado de cara y, por favor, no demos más dinero a los bancos. ¡Manda huevos! Hasta hace nada pagábamos los lujos de los banqueros con nuestros créditos y nuestra hipotecas, y ahora los pagamos con nuestros impuestos. ¿Acaso ellos pensaban en alguien cunado se forraban a costa nuestra? ¿Acaso van a pensar en alguien cuando pase la tormenta? Además de putas ponemos la cama. Eso sí, cada fin de trimestre presentan unos balances que parecen poco afectados por la crisis. Pero todo esto es otro tema.
De vuelta a las elecciones europeas, la derecha ha ganado. Parece ser que a la gente le gusta lo que hay y quiere seguir así. Se lo han puesto en bandeja y no han querido. ¡Hasta Berlusconi, ese playboy mafioso, ha ganado estos comicios! La socialdemocracia no termina de consolidarse, el “socialismo” no convence y los ultraconservadores y los euro escépticos gana adeptos. ¡Que el mundo se pare que yo me bajo!
Por todo esto, puedo concluir que lo más bonito que vi el domingo fue un suizo llorando bajo la lluvia parisina.
Pero, no solo los políticos son la causa de mi indignación sino el electorado. Estamos ante la peor crisis económica desde el crack de 29, el capitalismo se tambalea por culpa de unas prácticas de neoliberalismo feroz y los ricos son más ricos que nunca. Y va el obrero y vota a la derecha. ¡Increíble!
Puedo entender las victorias de la de los partidos democratacristianos de hace una década. La coyuntura económica alimentaba nuevos sueños: un piso de de 90 m2, un coche familiar, vacaciones en la playa... nuestra pequeño estado del bienestar. Y todo gracias a la política económica de un licenciado en derecho que se doctoró haciendo una tesis sobre su propia gestión (ironía). Es comprensible que la masa social votara a los conservadores: querían conservar lo que tenían. Pero hoy se ha demostrado que este sistema no funciona. Aquel espejismo ha desencadenado esta crisis. El modelo necesita algo más que un lavado de cara y, por favor, no demos más dinero a los bancos. ¡Manda huevos! Hasta hace nada pagábamos los lujos de los banqueros con nuestros créditos y nuestra hipotecas, y ahora los pagamos con nuestros impuestos. ¿Acaso ellos pensaban en alguien cunado se forraban a costa nuestra? ¿Acaso van a pensar en alguien cuando pase la tormenta? Además de putas ponemos la cama. Eso sí, cada fin de trimestre presentan unos balances que parecen poco afectados por la crisis. Pero todo esto es otro tema.
De vuelta a las elecciones europeas, la derecha ha ganado. Parece ser que a la gente le gusta lo que hay y quiere seguir así. Se lo han puesto en bandeja y no han querido. ¡Hasta Berlusconi, ese playboy mafioso, ha ganado estos comicios! La socialdemocracia no termina de consolidarse, el “socialismo” no convence y los ultraconservadores y los euro escépticos gana adeptos. ¡Que el mundo se pare que yo me bajo!
Por todo esto, puedo concluir que lo más bonito que vi el domingo fue un suizo llorando bajo la lluvia parisina.
lunes, 18 de mayo de 2009
Tiene que llover
Era la típica tarde de Agosto en Nábara. Ruth arañaba los últimos hilos de tabaco de su bolsa de Golden Virginia. Mirando la calle vacía, esperaba que una llamada la trajera de vuelta de aquella duermevela de sobremesa. El cielo gris y el bochorno la habían sumido en un dulce sueño, despierta pero inmóvil. Había perdido ya la noción del tiempo que llevaba sentada en aquella vieja butaca de mimbre. Las piernas cruzadas sobre el cojín, el cigarro perfectamente liado en su mano derecha, el cenicero en el reposabrazos y alma de resaca. No podía hacer otra cosa sino seguir liando un cigarro tras otro, estar quieta y hundirse un poco más en las aguas sulfúricas de sus pensamientos. El sopor era insoportable. El aire ardiente y enrarecido le quemaba el pecho. El calor le pegaba la ropa al cuerpo y le hacía zozobrar una y otra vez ¡Tenía que llover!
Miró al cielo de nuevo. Amenazaba un chaparrón que se resistía desde hacía ya varias horas. Las hojas de los árboles estaban quietas y los papeles no corrían por las aceras. Un perro buscaba asilo en un portal y unos pocos conductores huían de aquella polución invisible. Sin darse cuenta, se había ido sumergiendo cada vez más en su asiento con vistas al barrio de La Latina. El cigarro se había consumido en su mano, sin haberle dado apenas unas caladas. Respiró hondo y se levantó desdoblando suavemente las piernas, para asomarse al balcón. Llevaba únicamente un tanga negro y una camiseta de tirantes sin sujetador. Se inclinó hacia fuera, apoyando los codos en la barandilla y la barbilla en la palma de la mano, resultando una imagen distraídamente provocadora. Miró la calle vacía y sintió un lacerante desasosiego. Una ráfaga de pensamiento se le agolpó en su cabeza y tuvo que sentarse de nuevo. Sentía como una angustia seca amenazaba con corromper sus fluidos. Necesitaba una lluvia que aliviara su mente y calmara sus sentidos.
Cogió otra cerveza helada de un cubo con hielo y la frotó contra su pecho. Sus pezones se excitaron, mientras una gota de sudor recorría su mejilla hasta la comisura labial. Abrió el botellín de Mahou con un mechero y apuró la mitad de un trago. Cerró los ojos dejándose arrastrar por una transitoria sensación de plenitud. Se volvió a hundir en el lodo onírico. Durante unos minutos, hasta una corriente refrescante le interrumpió un sueño confuso. Aquel soplo enfrió su cuerpo y despertó su instinto. Entreabrió los ojos para ver los folios volar de su escritorio. Un portazo y trueno lejano terminaron de sacarla del letargo. Se levantó torpemente, desconcertada, y salió de nuevo al balcón, para descubrir que un viento húmedo arrastraba varios carteles calle abajo. Se asomó todo lo que pudo y dejó que aquel hálito se colara por debajo de su camiseta. Cerró de nuevo los ojos, pero esta vez, para dejarse mecer por aquella llamada de la naturaleza. Sus plegarias agnósticas habían sido escuchadas.
Atropelladamente, se puso unos vaqueros y unas sandalias, y bajó a la calle. Empezó a andar sin rumbo, disfrutando de aquella brisa importada. Con aire distraído, cruzó varias calles, siguiendo un camino grabado en otro tiempo en su mente. Las primeras gotas cayeron tímidamente sobre Ruth, dejando sus marcas en la camiseta blanca. Un relámpago atravesó el cielo y se desató, por fin, la tormenta. La lluvia caló todo su cuerpo, pero siguió hasta llegar a una pequeña plaza sin salida. Se paró y permaneció de pie un instante, con el pelo mojado sobre la cara y los pezones perfilando su pecho bajo la camiseta. Se sentó sobre un banco de piedra a esperar. El agua seguía recorriendo sus curvas pero no le importaba. Tenía que llover y, por fin, lo estaba haciendo.
Así permaneció hasta que escampó. Quieta sobre la superficie mojada, temblando por el frío, lejos de cualquier mirada. Lo que hasta entonces era una niebla de pensamientos enlatados se había ido convirtiendo en una secuencia lógica de pensamientos. El sopor había dado paso a un frío penetrante que le erizaba la piel. Sentía una ligereza casi infantil. El aire penetraba en profundas bocanadas que limpiaban el polvo atrapado sus pulmones. Todo parecía más claro. La duda y la zozobra se habían deslizado por aquellos torrentes de inmundicia.
Con paso decidido, Ruth volvió a casa, se quitó la ropa mojada, se sentó de nuevo en su butaca y dejó de esperar.
Miró al cielo de nuevo. Amenazaba un chaparrón que se resistía desde hacía ya varias horas. Las hojas de los árboles estaban quietas y los papeles no corrían por las aceras. Un perro buscaba asilo en un portal y unos pocos conductores huían de aquella polución invisible. Sin darse cuenta, se había ido sumergiendo cada vez más en su asiento con vistas al barrio de La Latina. El cigarro se había consumido en su mano, sin haberle dado apenas unas caladas. Respiró hondo y se levantó desdoblando suavemente las piernas, para asomarse al balcón. Llevaba únicamente un tanga negro y una camiseta de tirantes sin sujetador. Se inclinó hacia fuera, apoyando los codos en la barandilla y la barbilla en la palma de la mano, resultando una imagen distraídamente provocadora. Miró la calle vacía y sintió un lacerante desasosiego. Una ráfaga de pensamiento se le agolpó en su cabeza y tuvo que sentarse de nuevo. Sentía como una angustia seca amenazaba con corromper sus fluidos. Necesitaba una lluvia que aliviara su mente y calmara sus sentidos.
Cogió otra cerveza helada de un cubo con hielo y la frotó contra su pecho. Sus pezones se excitaron, mientras una gota de sudor recorría su mejilla hasta la comisura labial. Abrió el botellín de Mahou con un mechero y apuró la mitad de un trago. Cerró los ojos dejándose arrastrar por una transitoria sensación de plenitud. Se volvió a hundir en el lodo onírico. Durante unos minutos, hasta una corriente refrescante le interrumpió un sueño confuso. Aquel soplo enfrió su cuerpo y despertó su instinto. Entreabrió los ojos para ver los folios volar de su escritorio. Un portazo y trueno lejano terminaron de sacarla del letargo. Se levantó torpemente, desconcertada, y salió de nuevo al balcón, para descubrir que un viento húmedo arrastraba varios carteles calle abajo. Se asomó todo lo que pudo y dejó que aquel hálito se colara por debajo de su camiseta. Cerró de nuevo los ojos, pero esta vez, para dejarse mecer por aquella llamada de la naturaleza. Sus plegarias agnósticas habían sido escuchadas.
Atropelladamente, se puso unos vaqueros y unas sandalias, y bajó a la calle. Empezó a andar sin rumbo, disfrutando de aquella brisa importada. Con aire distraído, cruzó varias calles, siguiendo un camino grabado en otro tiempo en su mente. Las primeras gotas cayeron tímidamente sobre Ruth, dejando sus marcas en la camiseta blanca. Un relámpago atravesó el cielo y se desató, por fin, la tormenta. La lluvia caló todo su cuerpo, pero siguió hasta llegar a una pequeña plaza sin salida. Se paró y permaneció de pie un instante, con el pelo mojado sobre la cara y los pezones perfilando su pecho bajo la camiseta. Se sentó sobre un banco de piedra a esperar. El agua seguía recorriendo sus curvas pero no le importaba. Tenía que llover y, por fin, lo estaba haciendo.
Así permaneció hasta que escampó. Quieta sobre la superficie mojada, temblando por el frío, lejos de cualquier mirada. Lo que hasta entonces era una niebla de pensamientos enlatados se había ido convirtiendo en una secuencia lógica de pensamientos. El sopor había dado paso a un frío penetrante que le erizaba la piel. Sentía una ligereza casi infantil. El aire penetraba en profundas bocanadas que limpiaban el polvo atrapado sus pulmones. Todo parecía más claro. La duda y la zozobra se habían deslizado por aquellos torrentes de inmundicia.
Con paso decidido, Ruth volvió a casa, se quitó la ropa mojada, se sentó de nuevo en su butaca y dejó de esperar.
sábado, 21 de marzo de 2009
El zoo VI
Dean es un “pringao”. Es el manager del servicio de catering de Cameron Mackenna. Su tío le enchufó en ese trabajo y no es capaz de llevar a cabo su cometido con un mínimo de eficiencia. No es demasiado iluminado y tiene horchata en vez de sangre. Es simple, anodino, trabajador y, en el mal sentido de la palabra, bueno. No es capaz de lidiar con los managers generales y los asistentes de catering. Traga lo que le viene de arriba y lo expulsa hacia abajo. Es una cadena alimenticia desequilibrada.
lunes, 16 de marzo de 2009
El zoo V
Christophe es un tiburón. Es francés y trabaja en un banco de Fleet Street. Es analista de tercer año y está apasionado con su trabajo. Vive en un ático de tres pisos en plena city con un compañero del banco y un broker. También está puteado por objetivos y balances pero su vida es bastante más cómoda. Dice que no quiere vivir siempre en esta ciudad, pero, de momento, disfruta del privilegio de ser rico en Londres.
sábado, 7 de marzo de 2009
El zoo IV
Neil es gay. Gay y cabrón. Pero es inglés de nacimiento así que la vida es fácil para él. Es el manager del servicio de catering de la British Psychological Society. Es decir, es el jefe de Vas y uno de los que hace de su vida una broma de mal gusto. Tiene una nariz siniestra, una sonrisa de mala persona y un peinado de niño escolapio. Es una persona peligrosa: tiene por lo menos dos caras guiadas por su polla. Su miembro decide a quien jode y a quien va a intentar joder.
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